El padrón de Barcelona registra ya más de 300.000 extranjeros
Si un barcelonés del 2009 pudiera accionar la máquina del tiempo y retroceder a los meses anteriores a la celebración de los Juegos Olímpicos tendría dificultades para ubicarse en su propia ciudad. En 1991, Barcelona estrenaba la prohibición de fumar en el metro, pedaleaba por el recién inaugurado carril bici de la Diagonal y descubría con orgullo un aeropuerto con la firma de Ricardo Bofill que iba a conectarla con el mundo. Dieciocho años después la capital catalana se prepara para recibir como regalo de Navidad las primeras estaciones de metro de la L9, se embarca en la aventura de incierto final de reformar la Diagonal y dar un vuelco a su sistema de movilidad, y disfruta de la flamante T1, ingeniada también por Bofill.

El físico de Barcelona, el continente, se ha transformado, ha ganado musculatura. Pero el verdadero cambio ha sido otro, de contenido: en apenas dos décadas, la población ha envejecido, han aumentado sus niveles de instrucción y, sobre todo, se ha extranjerizado. Y lo ha hecho a una velocidad que pocas ciudades europeas pueden alcanzar. Así lo constata la comparación entre el censo de población de 1991 y la lectura provisional del padrón municipal del 2009 a la que ha tenido acceso La Vanguardia. Estos últimos datos revelan que en junio pasado Barcelona habría superado por vez primera el listón de los 300.000 extranjeros empadronados en el municipio. Se necesitarían tres campos del Barça para acoger a todos los barceloneses de nacionalidad no española. En 1991, hubieran bastado poco más de la mitad de las gradas del nuevo campo del Espanyol en Cornellà-El Prat para dar cabida a los 23.366 extranjeros registrados entonces en la ciudad
Justo antes de los Juegos Olímpicos la inmigración extracomunitaria era un fenómeno incipiente. Apenas el 1,4% de los barceloneses tenía nacionalidad extranjera. El grupo más numeroso enquel momento era el marroquí. Hoy, en cambio, y siempre según los datos del padrón –pendientes de oficializar– correspondientes al 30 de junio, los originarios de aquel país del Magreb constituyen el séptimo colectivo extranjero de la ciudad. Por delante de ellos, italianos (23.790 personas, muchas de ellas provinientes de Argentina y otros países sudamericanos), ecuatorianos, pakistaníes, bolivianos, peruanos y chinos. Estos últimos han superado en número a los marroquíes durante el primer semestre del 2009. Otro grupo que ha incrementado de forma notable su presencia en esta ciudad a lo largo de este año es el de los rumanos, que alcanzan ya los 7.000 empadronados en Barcelona.
El año en que el Barça de Cruyff ganaba la primera de sus cuatro Ligas consecutivas esta era una ciudad en un claro proceso de envejecimiento que, sumado al éxodo de miles de barceloneses a otros municipios de la región metropolitana y a una natalidad a la baja, provocaba una importante pérdida de población. El año en que el Barça de Guardiola ha conquistado el triplete, Barcelona es una ciudad que, como consecuencia de la oleada inmigratoria de la última década, ha frenado la caída de población y se ha consolidado en torno a 1,6 millones de habitantes.
Lo que no ha conseguido reducir es ese envejecimiento que ya se apuntaba veinte años atrás. Es más, la población menor de 14 años se sitúa ya por debajo de las 200.000 personas (40.000 menos que en vísperas de los Juegos), lo que representa menos del 12% del total de la ciudad. Ese descenso en el número de niños y adolescentes es inversamente proporcional al incremento de personas que ya han alcanzado la edad de jubilación. De las 285.000 de 1991 se ha pasado a más de 330.000. Como prueba viva de la longevidad de los barceloneses ahí están las cerca de 4.000 personas empadronadas en la capital de Catalunya que han cumplido los 95. Ocho de cada diez de estos ciudadanos centenarios –o casi– son del sexo femenino.
La seniorización de Barcelona ha ido pareja a otro fenómeno de muy fuerte impacto en la ciudad. En 1991, el censo municipal registraba a poco más de 100.000 personas mayores de 16 años que vivían solas. Esa cifra se ha doblado. La soledad, como opción personal, pero sobre todo como consecuencia no deseada de una trayectoria vital, afecta a todas las franjas de edades, pero los últimos datos confirman que tiene rostro de anciana. De los más de 40.000 barceloneses de más 70 años que viven sin compañía humana, 34.000 son mujeres y de ellas cerca de 12.000 son, como mínimo, octogenarias. El hecho de vivir solo en Barcelona es mayoritariamente masculino hasta los 50 años. A partir de esa edad, la soledad queda asociada sobre todo a la condición femenina.
Los informes de población consultados por La Vanguardia –elaborados, a diferencia de otros de dudosa utilidad encargados a empresas externas, por el eficiente departamento de Estadística del Ayuntamiento– guardan datos sorprendentes. Por ejemplo, que más de 170.000 personas empadronadas en la ciudad (el 12% de la población mayor de 16 años) no tienen ni siquiera estudios primarios. Parece, y en realidad es, una cantidad importante, aunque si se compara con la de la Barcelona de hace dos décadas se observa una evolución muy positiva. Y es que en 1991, más de un cuarto de millón de personas (casi el 19% del total de habitantes) se encuadraba en el nivel más bajo de formación.
En este aspecto, tal y como ha sucedido con altibajos con otros indicadores socioeconómicos, las diferencias entre los barrios extremos, aun siendo grandes todavía, se han ido recortando. Un buen ejemplo lo proporciona Nou Barris. En el censo de 1991, el 26,9% de sus habitantes fueron incluidos en la categoría de "sin estudios". Dieciocho años después, esa proporción se ha reducido al 18,6%. En el lado opuesto, ahora como antes, Sarrià-Sant Gervasi, con sólo un 7,9% de personas sin estudios. Este distrito, el de las rentas más elevadas de la ciudad, es el que presenta una mayor concentración de ciudadanos con estudios universitarios (acabados o no): el 41,7% de los mayores de 16 años.
Son estos algunos de los muchos cambios de la Barcelona que, en 1991, reelegía como alcalde a Pasqual Maragall, derribaba los chiringuitos de la Barceloneta, se familiarizaba con el scalextric de Glòries que ahora empieza a deconstruirse, inaguraba el Port Olímpic, elevaba al cielo la torre de Collserola, perforaba el túnel de Vallvidrera y abría las instalaciones de la Pompeu Fabra en un edificio de la Rambla que esta semana, 19 años después, el Ayuntamiento de Jordi Hereu ha decidido reconvertir en biblioteca Andreu Nin.
Fuente: LaVanguardia. es
Justo antes de los Juegos Olímpicos la inmigración extracomunitaria era un fenómeno incipiente. Apenas el 1,4% de los barceloneses tenía nacionalidad extranjera. El grupo más numeroso enquel momento era el marroquí. Hoy, en cambio, y siempre según los datos del padrón –pendientes de oficializar– correspondientes al 30 de junio, los originarios de aquel país del Magreb constituyen el séptimo colectivo extranjero de la ciudad. Por delante de ellos, italianos (23.790 personas, muchas de ellas provinientes de Argentina y otros países sudamericanos), ecuatorianos, pakistaníes, bolivianos, peruanos y chinos. Estos últimos han superado en número a los marroquíes durante el primer semestre del 2009. Otro grupo que ha incrementado de forma notable su presencia en esta ciudad a lo largo de este año es el de los rumanos, que alcanzan ya los 7.000 empadronados en Barcelona.
El año en que el Barça de Cruyff ganaba la primera de sus cuatro Ligas consecutivas esta era una ciudad en un claro proceso de envejecimiento que, sumado al éxodo de miles de barceloneses a otros municipios de la región metropolitana y a una natalidad a la baja, provocaba una importante pérdida de población. El año en que el Barça de Guardiola ha conquistado el triplete, Barcelona es una ciudad que, como consecuencia de la oleada inmigratoria de la última década, ha frenado la caída de población y se ha consolidado en torno a 1,6 millones de habitantes.
Lo que no ha conseguido reducir es ese envejecimiento que ya se apuntaba veinte años atrás. Es más, la población menor de 14 años se sitúa ya por debajo de las 200.000 personas (40.000 menos que en vísperas de los Juegos), lo que representa menos del 12% del total de la ciudad. Ese descenso en el número de niños y adolescentes es inversamente proporcional al incremento de personas que ya han alcanzado la edad de jubilación. De las 285.000 de 1991 se ha pasado a más de 330.000. Como prueba viva de la longevidad de los barceloneses ahí están las cerca de 4.000 personas empadronadas en la capital de Catalunya que han cumplido los 95. Ocho de cada diez de estos ciudadanos centenarios –o casi– son del sexo femenino.
La seniorización de Barcelona ha ido pareja a otro fenómeno de muy fuerte impacto en la ciudad. En 1991, el censo municipal registraba a poco más de 100.000 personas mayores de 16 años que vivían solas. Esa cifra se ha doblado. La soledad, como opción personal, pero sobre todo como consecuencia no deseada de una trayectoria vital, afecta a todas las franjas de edades, pero los últimos datos confirman que tiene rostro de anciana. De los más de 40.000 barceloneses de más 70 años que viven sin compañía humana, 34.000 son mujeres y de ellas cerca de 12.000 son, como mínimo, octogenarias. El hecho de vivir solo en Barcelona es mayoritariamente masculino hasta los 50 años. A partir de esa edad, la soledad queda asociada sobre todo a la condición femenina.
Los informes de población consultados por La Vanguardia –elaborados, a diferencia de otros de dudosa utilidad encargados a empresas externas, por el eficiente departamento de Estadística del Ayuntamiento– guardan datos sorprendentes. Por ejemplo, que más de 170.000 personas empadronadas en la ciudad (el 12% de la población mayor de 16 años) no tienen ni siquiera estudios primarios. Parece, y en realidad es, una cantidad importante, aunque si se compara con la de la Barcelona de hace dos décadas se observa una evolución muy positiva. Y es que en 1991, más de un cuarto de millón de personas (casi el 19% del total de habitantes) se encuadraba en el nivel más bajo de formación.
En este aspecto, tal y como ha sucedido con altibajos con otros indicadores socioeconómicos, las diferencias entre los barrios extremos, aun siendo grandes todavía, se han ido recortando. Un buen ejemplo lo proporciona Nou Barris. En el censo de 1991, el 26,9% de sus habitantes fueron incluidos en la categoría de "sin estudios". Dieciocho años después, esa proporción se ha reducido al 18,6%. En el lado opuesto, ahora como antes, Sarrià-Sant Gervasi, con sólo un 7,9% de personas sin estudios. Este distrito, el de las rentas más elevadas de la ciudad, es el que presenta una mayor concentración de ciudadanos con estudios universitarios (acabados o no): el 41,7% de los mayores de 16 años.
Son estos algunos de los muchos cambios de la Barcelona que, en 1991, reelegía como alcalde a Pasqual Maragall, derribaba los chiringuitos de la Barceloneta, se familiarizaba con el scalextric de Glòries que ahora empieza a deconstruirse, inaguraba el Port Olímpic, elevaba al cielo la torre de Collserola, perforaba el túnel de Vallvidrera y abría las instalaciones de la Pompeu Fabra en un edificio de la Rambla que esta semana, 19 años después, el Ayuntamiento de Jordi Hereu ha decidido reconvertir en biblioteca Andreu Nin.
Fuente: LaVanguardia. es
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