¡ Atención inmigrantes! ¡ Abandonen el país !
Se ha hecho esperar pero, finalmente, el debate sobre la inmigración ha irrumpido en plena crisis a cuenta de la decisión del Ayuntamiento de Vic de exigir a los foráneos los mismos requisitos para el empadronamiento en el municipio que para la entrada en el país. Se trata de una forma elegante de dar a los extranjeros indocumentados con la puerta en las narices, ya que la inclusión en el censo es clave no sólo para conseguir ulteriormente el permiso de residencia o de trabajo sino también para acceder a la sanidad, la educación y otros servicios sociales. En Vic hay muchos inmigrantes –un cuarto de la población es extranjera- y un partido de ultraderecha que amenaza con mandar a la oposición a la coalición gobernante de CiU, PSC y Esquerra. Para evitarlo, el insólito tripartito se ha aprestado a copiar sus métodos para enseñar al tal Anglada, que así se llama su rival, que de xenofobia saben lo suficiente como para no admitir lecciones.

Como es bien conocido, este país no es racista ni xenófobo y se conmueve mucho con las hambrunas de Etiopía y con las desgracias de esos negros de Haití a los que se les ha caído la chabola encima, sencillamente, se les ha tragado la tierra. De hecho, hasta nos parece bien que alguno haya venido a cuidarnos a la abuela por un sueldo módico, que no estamos para dispendios, siempre y cuando cotice a la Seguridad Social, no nos colapse las Urgencias y no se quede para su hijo las becas comedor del nuestro, que habrá nacido aquí pero por su cara bien podría haberlo hecho en Quito. Los de fuera nos caen bien si son pocos y no nos ponen la radio a lo que da con la última de Carlos Vives.
Es cierto que hemos asistido a un vertiginoso crecimiento de la inmigración, hasta el punto de que la tasa de crecimiento de la población desde el año 2000 es la más alta de nuestra historia, superior incluso al período de posguerra y al baby boom. De los 923.000 extranjeros al inicio de la década hemos pasado a los 5,2 millones recogidos en el censo de de 2008, lo que representa un 11,3% de la población total. La avalancha ha pillado a muchos desprevenidos, incapaces de asimilar que los bárbaros nos han invadido sin que la Legión haya movilizado a su cabra para impedirlo.
No somos xenófobos pero sí muy olvidadizos, y por eso se nos tiene que recordar casi a diario que la inmigración ha tenido efectos muy positivos, hasta el punto de que se le atribuye un tercio del crecimiento de los últimos diez años de bonanza. Pero no sólo eso. Los inmigrantes permitieron elevar la tasa de actividad de las mujeres, que se lanzaron al mercado laboral al poder delegar la realización de las tareas domésticas y el cuidado de niños y ancianos, y, en contra de la percepción general, se convirtieron en contribuyentes netos al Estado del Bienestar, ya que sus aportaciones fueron mayores que los recursos que consumieron.
Aún así, la crisis y la enorme tasa de paro ha avivado la percepción entre los españoles de que la inmigración es uno de los grandes problemas a los que se enfrenta el país, y ello a pesar de que sigue sin producirse competencia entre nativos y foráneos por los puestos de trabajo disponibles. Lo sostiene un estudio de Adecco y el IESE, que viene a confirmar que la recesión se ha cebado con los extranjeros, que han ocupado uno de cada siete empleos creados pero han perdido uno de cada cinco de los destruidos.
Será la crisis, finalmente, la que congelará de forma drástica la llegada de inmigrantes. Según la Proyección de la Población de España a corto plazo, 2009-2019, el flujo migratorio se reducirá en los próximos años, y pasará del máximo histórico de 958.000 inmigrantes, registrado en el 2007, a los 345.000 del 2012. Como la cifra de quienes emigran o retornan a sus países de origen se mantendrá en cifras superiores siempre a los 310.000 personas, el resultado es que el saldo migratorio para el periodo 2009-2018 se situará por debajo de los 80.000 emigrantes netos de media al año. Y ello sin contar con las restricciones impuestas por la nueva legislación sobre extranjería.
La receta de Europa
Aquí no somos xenófobos pero ya hemos vivido como el asesinato de una joven a manos de un desequilibrado lanzaba a cientos de vecinos de El Ejido en febrero de 2000 a emprenderla a pedradas y golpes de bate contra cualquier inmigrante que encontraron a su paso. O como la riña entre dos chicas en Alcorcón degeneraba en graves enfrentamientos hace casi tres años. A diferencia nuestra, Europa lleva recibiendo a inmigrantes desde hace 80 años y sucesos como los anteriores son algo más que habituales.
En Francia, la receta fue la asimilación, un proceso que debía conducir a que los inmigrantes acabaran sintiendo el orgullo de ser ciudadanos de la República, pero no se tuvo en cuenta que la pobreza y la marginación despiertan de su sueño a cualquiera. Cuando a finales de 2005 París empezó a arder por los cuatro costados por las revueltas de los banlieus, alguien debía haber repasado la composición de la Asamblea Nacional: ni un solo diputado de origen magrebí o de piel oscura; y un solo musulmán: el representante de Mayotte, en el Índico. De aquellas llamas quedan hoy las brasas: el debate que se vive ahora en torno a la identidad nacional es la manera que Sarkozy ha encontrado para atraerse a los sectores más reaccionarios, aun a costa de alentar el odio al extranjero y criminalizar a los inmigrantes.
Alemania se limitó a aceptar la diferencia, lo que dio lugar a la formación de enormes guetos; Reino Unido hizo bandera de la multiculturalidad, un modelo que demostró su fracaso tras los atentados del 7-J en Londres, cuando se comprobó que los autores eran hijos de inmigrantes aparentemente integrados. El resultado de estos experimentos fracasados fue el impulso de partidos de ultraderecha, desde el Frente Nacional de Le Pen, al Partido Liberal Austriaco de Haider, pasando por el Partido Nacional de Reino Unido, la lista Pym Fortuyn en Holanda, el Partido Popular Danés o el Vlaams Belang, en Bélgica.
En España las coincidencias ya son alarmantes. La primera es la concentración de la población extranjera extracomunitaria, fundamentalmente en Madrid, Barcelona y la costa mediterránea. En una docena de provincias el peso de los recién llegados es muy superior a la media nacional e, incluso, lo duplica. La concentración es mucho mayor en algunos municipios y, dentro de ellos, en determinados barrios. Por poner sólo dos ejemplos, con datos de 2007, en el Raval barcelonés era del 47% y en San Cristóbal de los Ángeles, en Madrid, del 37,3%. En Vic, como se ha dicho, el 24% de la población es inmigrante.
Tenemos, por tanto, todos los ingredientes para el avance de la ultraderecha: una presencia alta de inmigrantes, una amplia mayoría que juzga su número excesivo, un deterioro de los servicios públicos a consecuencia de más demandantes, un aumento de la delincuencia relacionada con extranjeros y un gravísimo problema de desempleo. A falta de un líder reconocible, la xenofobia es ahora mismo el nexo que une a los grupúsculos y pequeños partidos que componen la extrema derecha española, desde Democracia Nacional a las distintas Falange, España 2000 o pequeñas organizaciones neonazis como los Hammerskin, Volksfront y Blood and Honour, cuyos miembros protagonizan la mayoría de los ataques racistas en España. Recientemente, la Audiencia Provincial de Madrid condenó a 15 miembros de Hammerskin a penas de hasta dos años y medio de prisión y ordenó la disolución del grupo al ser su finalidad “incitar a la violencia y al odio contra personas de diferente raza, nacionalidad o ideología” dentro de un plan más ambicioso de subvertir el orden constitucional para instaurar el nacional socialismo en España.
Los inmigrantes no constituyen una realidad que se pueda ocultar bajo la alfombra ni mercantilizarse: no son una simple fuerza laboral de la que uno se deshace cuando las circunstancias económicas no son favorables. En resumidas cuentas, existen, seguirán existiendo y sólo una integración adecuada habrá de vacunarnos contra estallidos sociales semejantes a los que se han producido en Europa. La integración requiere recursos que eviten que la población local responsabilice a los extranjeros de copar los servicios públicos. Precisa inversiones en educación que mejoren el rendimiento escolar de los inmigrantes. Y exige establecer criterios para su participación electoral, de manera que dejen de ser invisibles para los partidos. ¿Se habrían atrevido en Vic a plantear estas limitaciones al empadronamiento si pudiera votar la cuarta parte de la población que es extranjera? Para que la inmigración no sea un problema hay que actuar como si lo fuera y tener claras las soluciones.
Fuente: El Confidencial
Como es bien conocido, este país no es racista ni xenófobo y se conmueve mucho con las hambrunas de Etiopía y con las desgracias de esos negros de Haití a los que se les ha caído la chabola encima, sencillamente, se les ha tragado la tierra. De hecho, hasta nos parece bien que alguno haya venido a cuidarnos a la abuela por un sueldo módico, que no estamos para dispendios, siempre y cuando cotice a la Seguridad Social, no nos colapse las Urgencias y no se quede para su hijo las becas comedor del nuestro, que habrá nacido aquí pero por su cara bien podría haberlo hecho en Quito. Los de fuera nos caen bien si son pocos y no nos ponen la radio a lo que da con la última de Carlos Vives.
Es cierto que hemos asistido a un vertiginoso crecimiento de la inmigración, hasta el punto de que la tasa de crecimiento de la población desde el año 2000 es la más alta de nuestra historia, superior incluso al período de posguerra y al baby boom. De los 923.000 extranjeros al inicio de la década hemos pasado a los 5,2 millones recogidos en el censo de de 2008, lo que representa un 11,3% de la población total. La avalancha ha pillado a muchos desprevenidos, incapaces de asimilar que los bárbaros nos han invadido sin que la Legión haya movilizado a su cabra para impedirlo.
No somos xenófobos pero sí muy olvidadizos, y por eso se nos tiene que recordar casi a diario que la inmigración ha tenido efectos muy positivos, hasta el punto de que se le atribuye un tercio del crecimiento de los últimos diez años de bonanza. Pero no sólo eso. Los inmigrantes permitieron elevar la tasa de actividad de las mujeres, que se lanzaron al mercado laboral al poder delegar la realización de las tareas domésticas y el cuidado de niños y ancianos, y, en contra de la percepción general, se convirtieron en contribuyentes netos al Estado del Bienestar, ya que sus aportaciones fueron mayores que los recursos que consumieron.
Aún así, la crisis y la enorme tasa de paro ha avivado la percepción entre los españoles de que la inmigración es uno de los grandes problemas a los que se enfrenta el país, y ello a pesar de que sigue sin producirse competencia entre nativos y foráneos por los puestos de trabajo disponibles. Lo sostiene un estudio de Adecco y el IESE, que viene a confirmar que la recesión se ha cebado con los extranjeros, que han ocupado uno de cada siete empleos creados pero han perdido uno de cada cinco de los destruidos.
Será la crisis, finalmente, la que congelará de forma drástica la llegada de inmigrantes. Según la Proyección de la Población de España a corto plazo, 2009-2019, el flujo migratorio se reducirá en los próximos años, y pasará del máximo histórico de 958.000 inmigrantes, registrado en el 2007, a los 345.000 del 2012. Como la cifra de quienes emigran o retornan a sus países de origen se mantendrá en cifras superiores siempre a los 310.000 personas, el resultado es que el saldo migratorio para el periodo 2009-2018 se situará por debajo de los 80.000 emigrantes netos de media al año. Y ello sin contar con las restricciones impuestas por la nueva legislación sobre extranjería.
La receta de Europa
Aquí no somos xenófobos pero ya hemos vivido como el asesinato de una joven a manos de un desequilibrado lanzaba a cientos de vecinos de El Ejido en febrero de 2000 a emprenderla a pedradas y golpes de bate contra cualquier inmigrante que encontraron a su paso. O como la riña entre dos chicas en Alcorcón degeneraba en graves enfrentamientos hace casi tres años. A diferencia nuestra, Europa lleva recibiendo a inmigrantes desde hace 80 años y sucesos como los anteriores son algo más que habituales.
En Francia, la receta fue la asimilación, un proceso que debía conducir a que los inmigrantes acabaran sintiendo el orgullo de ser ciudadanos de la República, pero no se tuvo en cuenta que la pobreza y la marginación despiertan de su sueño a cualquiera. Cuando a finales de 2005 París empezó a arder por los cuatro costados por las revueltas de los banlieus, alguien debía haber repasado la composición de la Asamblea Nacional: ni un solo diputado de origen magrebí o de piel oscura; y un solo musulmán: el representante de Mayotte, en el Índico. De aquellas llamas quedan hoy las brasas: el debate que se vive ahora en torno a la identidad nacional es la manera que Sarkozy ha encontrado para atraerse a los sectores más reaccionarios, aun a costa de alentar el odio al extranjero y criminalizar a los inmigrantes.
Alemania se limitó a aceptar la diferencia, lo que dio lugar a la formación de enormes guetos; Reino Unido hizo bandera de la multiculturalidad, un modelo que demostró su fracaso tras los atentados del 7-J en Londres, cuando se comprobó que los autores eran hijos de inmigrantes aparentemente integrados. El resultado de estos experimentos fracasados fue el impulso de partidos de ultraderecha, desde el Frente Nacional de Le Pen, al Partido Liberal Austriaco de Haider, pasando por el Partido Nacional de Reino Unido, la lista Pym Fortuyn en Holanda, el Partido Popular Danés o el Vlaams Belang, en Bélgica.
En España las coincidencias ya son alarmantes. La primera es la concentración de la población extranjera extracomunitaria, fundamentalmente en Madrid, Barcelona y la costa mediterránea. En una docena de provincias el peso de los recién llegados es muy superior a la media nacional e, incluso, lo duplica. La concentración es mucho mayor en algunos municipios y, dentro de ellos, en determinados barrios. Por poner sólo dos ejemplos, con datos de 2007, en el Raval barcelonés era del 47% y en San Cristóbal de los Ángeles, en Madrid, del 37,3%. En Vic, como se ha dicho, el 24% de la población es inmigrante.
Tenemos, por tanto, todos los ingredientes para el avance de la ultraderecha: una presencia alta de inmigrantes, una amplia mayoría que juzga su número excesivo, un deterioro de los servicios públicos a consecuencia de más demandantes, un aumento de la delincuencia relacionada con extranjeros y un gravísimo problema de desempleo. A falta de un líder reconocible, la xenofobia es ahora mismo el nexo que une a los grupúsculos y pequeños partidos que componen la extrema derecha española, desde Democracia Nacional a las distintas Falange, España 2000 o pequeñas organizaciones neonazis como los Hammerskin, Volksfront y Blood and Honour, cuyos miembros protagonizan la mayoría de los ataques racistas en España. Recientemente, la Audiencia Provincial de Madrid condenó a 15 miembros de Hammerskin a penas de hasta dos años y medio de prisión y ordenó la disolución del grupo al ser su finalidad “incitar a la violencia y al odio contra personas de diferente raza, nacionalidad o ideología” dentro de un plan más ambicioso de subvertir el orden constitucional para instaurar el nacional socialismo en España.
Los inmigrantes no constituyen una realidad que se pueda ocultar bajo la alfombra ni mercantilizarse: no son una simple fuerza laboral de la que uno se deshace cuando las circunstancias económicas no son favorables. En resumidas cuentas, existen, seguirán existiendo y sólo una integración adecuada habrá de vacunarnos contra estallidos sociales semejantes a los que se han producido en Europa. La integración requiere recursos que eviten que la población local responsabilice a los extranjeros de copar los servicios públicos. Precisa inversiones en educación que mejoren el rendimiento escolar de los inmigrantes. Y exige establecer criterios para su participación electoral, de manera que dejen de ser invisibles para los partidos. ¿Se habrían atrevido en Vic a plantear estas limitaciones al empadronamiento si pudiera votar la cuarta parte de la población que es extranjera? Para que la inmigración no sea un problema hay que actuar como si lo fuera y tener claras las soluciones.
Fuente: El Confidencial
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